Sheinbaum desconcierta: o gran habilidad, o ingenuidad política. AL GRANO Por Jesús López S.

Minimizó el espectacular triunfo de García Harfuch en Argentina ¿por miedo, o por discreción?
Después de 5 mil años de dominación patriarcal, las mujeres inteligentes han aprendido a darle por su lado a los machones que pretenden dominarlas. O la mandataria mexicana ha llevado esa habilidad hasta el grado de maestría, o de plano no da pie con bola.
Ayer, doña Claudia Sheinbaum respondió como una auténtica virtuosa de la política a la pregunta de una periodista muy vivilla que le planteó si no era un doble discurso el que estaba manejando el director de la DEA, Terry Cole, quien apenas hace unos días despotricaba contra el gobierno mexicano por ser, según sus palabras, prácticamente lo mismo que los cárteles, y ahora aparece colocando a Omar García Harfuch —en Argentina y frente a buena parte de los responsables de seguridad del mundo—, como una suerte de Elliot Ness mexicano, aliado confiable de Estados Unidos y figura estelar de la lucha contra el crimen organizado.
Claro que lo mismo decían los gringos de Genaro García Luna, y ya sabemos cómo terminó aquella historia, como nos recuerda el agudísimo Germán Martínez Cázares en su columna de El Universal.
“Pues ya lo dijiste tú”, respondió Sheinbaum a la vivilla reportera.
Una respuesta aparentemente inocente, pero políticamente inteligente y evasiva. Porque la presidenta tenía que cuidar que el señor de Palenque no fuera a interpretar como un coqueteo con la DEA —una de las instituciones más detestadas por el obradorismo duro— el espectacular reconocimiento internacional a su secretario de Seguridad.
Y, para que no quedara duda, todavía aclaró que ella no quería que don Omar fuera a Argentina, pero que el gabinete aprobó por unanimidad su asistencia. Es decir: que conste que no fui yo.
O doña Claudia goza de una sensibilidad digna de los colmillos más retorcidos para darle por su lado a Trump, a AMLO y a quien se le atraviese, o de plano sigue sin distinguir la “o” por lo redondo.
Porque, como recordábamos ayer en este mismo espacio, AMLO se negó rotundamente a que la entonces presidenta electa promoviera a García Harfuch como jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Don Andrés temía que el precandidato de Claudia pudiera crecer demasiado desde esa posición y terminara comiéndole el mandado a Andy.
Gravísimo error de cálculo.
En apenas dos años, el hijo de Javier García Paniagua y nieto del general Marcelino García Barragán se ha convertido en una de las figuras mexicanas con mayor reconocimiento en Washington en materia de seguridad. Y ahora, en Argentina, de la mano de Terry Cole, el mexicano tuvo un triunfo arrollador que ya quisiera la selección mexicana de futbol.
“Y parece que le fue muy bien”, remató Claudia ante la vivilla reportera.
La presidenta lo dijo con su típica sobriedad, aunque cualquiera podría sospechar que por dentro estaba celebrando a gritos el éxito rotundo de su pupilo en un terreno particularmente hostil para el obradorismo: la Argentina de Javier Milei.
Mientras el ala más radical del obradorismo sigue viendo conspiraciones de la DEA debajo de cada piedra, García Harfuch aparece en el escenario internacional hablando precisamente con quienes esa misma corriente política considera poco menos que enemigos de la patria.
Y a la presidenta no parece disgustarle.
Por eso corresponde a los mexicanos de bien apoyar cualquier intento de la mandataria por sacudirse la tutela del obradorismo más dogmático y recuperar plenamente los hilos del poder. México ya pagó demasiado caro el experimento de confundir transformación política con lealtad ciega, y soberanía con aislamiento.
El país necesita sacudirse también el estigma de que combatir a los neoliberales justifica cualquier alianza, cualquier abuso o cualquier complicidad. Esa bandera cumplió ya su función política. Ahora toca demostrar que la civilidad democrática vale más que la revancha histórica.
Porque respetar las reglas electorales, garantizar la libertad de expresión y tolerar la crítica no son concesiones de un gobierno: son obligaciones democráticas. Pretender estrangular a la crítica bajo la premisa de que quienes gobiernan son moralmente superiores sólo fortalece a la ultraderecha.
Parece haber en México una pandemia ideológica que afecta al partido hegemónico: la militancia de Morena en general, con honrosas excepciones —alimentada por un periodismo cortesano de la peor ralea— considera un pecado que algún correligionario mantenga relaciones de civilidad política con los opositores.
Tal es el caso, por ejemplo, del senador mexiquense Higinio Martínez, quemado en leña verde por el hecho de haber saludado de beso a Lilly Téllez, o demonizado por esa misma prensa militante porque comentó la conveniencia de que el senador Inzunza —ciertamente su correligionario— pida licencia para afrontar las acusaciones que le fincan en Estados Unidos.
La histeria sectaria de condena a los opositores y a los críticos que tan bien protagonizan personajes espeluznantes como Arturo Ávila o Fernández Noroña, debe ser mesurada con comportamientos civilizados que escuchen al adversario para corregir errores, en bien de nuestra patria, que es de todos y no de una camarilla de iluminados.





