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Andrés Manuel López Obrador

La soledad de López Obrador. Por Jesús López Segura. LA VERSIÓN NO OFICIAL

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La Comisión de Honestidad y Justicia de Morena mete en orden a Polevnsky y su grupo

Las irregularidades en las asambleas dieron a Yeidckol Polevnsky y su grupo el pretexto para la suspensión del proceso de renovación de la dirigencia de Morena por un año, en medio de denuncias de robo de urnas, acarreo y de uso de un padrón manipulado, pero la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia (CNHJ) aseguró que el CEN no tiene facultades para tomar dicha decisión y determinó que el proceso seguirá este fin de semana.

Los morenos andan obsesivamente empecinados en tribalizarse. Su máxima preocupación, su determinación genética parece apuntar a la irracional tarea de reventar al partido, antes de que nazca, y acabar con la poca paciencia que le queda a su atribulado Presidente de la República, líder político absoluto y guía espiritual.

La distancia que trata de imponer don Andrés al partido que lo hizo Presidente no significa que se mantenga ajeno a la grilla morenista, tan ocupado como anda en resolver los acertijos aparentemente insalvables de su gobierno (la Inseguridad creciente y la economía al borde del desastre).

No. En su encarnizada lucha contra la corrupción y el desprecio profundo por quienes usan dinero y puestos públicos para la grilla electorera -que él mismo se ha encargado de definir como delito grave-, el Presidente espera que una leve insinuación suya -como, por ejemplo, que el proceso de renovación de la dirigencia se decida por encuestas-, debe ser acatada al instante, sin el menor respingo, por todos los feroces contendientes.

Si no fuera así, AMLO no habría amenazado jamás a sus correligionarios con abandonar el partido. Simplemente desarrollaría sus actividades presidenciales sin tratar de imponer ningún criterio para la conformación de las dirigencias, nacional y estatales de Morena. Dejaría hacer -como en el culiacanazo- limitándose a desplegar algunas líneas generales, con la confianza plena de que la militancia de Morena -como su gabinete de Seguridad- acataría religiosamente cada uno de sus mandamientos genéricos: no engañar, no robar y no traicionar, siempre pensando no en la guerra, sino en la pacificación del país.

López Obrador fue demasiado tiempo un líder opositor. Se sigue comportando como tal. No sabe cómo pacificar al país. No sabe cómo mantenerse absolutamente al margen de la grilla partidista. Tiene muy claros sus ideales, pero ignora el mecanismo administrativo correcto para alcanzarlos y su gente, el numeroso equipo que se le sumó luego de la debacle estrepitosa del prianismo depredador y corrupto, no le ayuda mucho.

Está paradójicamente solo en medio de una multitud inmensa que lo aclama, con fanatismo religioso en redes sociales, y lo desprecia multitudinariamente también, desde los medios tradicionales, muchos de ellos concesionados por el propio Estado que él representa, lo que constituye una de las muestras más evidentes de su incapacidad para tomar decisiones ejecutivas adecuadas en la dirección que dice proponerse.

El culiacanazo ha puesto en evidencia su mayor contradicción: dice querer la paz y haber desterrado el odioso recurso de la guerra que nos impusieron sus antecesores inmediatos, pero respalda las estrategias de descabezar cárteles de las drogas mediante operativos militares (en su caso mal planeados y peor ejecutados), en vez de simplemente acabar con el paradigma del prohibicionismo mediante la legalización del tráfico y consumo de drogas, única medida administrativa congruente con el anhelo de la pacificación.

Dice mantenerse al margen de la grilla interna de Morena, pero don Andrés amenaza con renunciar a su militancia ante el triste espectáculo que están protagonizando sus ambiciosos correligionarios, cada uno convencido de que su tribu es la mejor calificada para “darle el rumbo correcto al partido”, mientras multitud de diputados y presidentes municipales, formalmente morenistas, actúan en la práctica como los prianistas más depredadores, al estilo de Maurilio Hernández y su colaboracionismo abyecto con el hijo predilecto del Grupo Atlacomulco, Alfredo del Mazo Jr., desde la promisoriamente frustrada mayoría de Morena en el Congreso mexiquense.

La vieja receta de la mafia italiana de tener cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos que aplica con inteligente rigor López Obrador en el caso de Del Mazo y de muchos otros sobrevivientes del neoliberalismo salvaje, es interpretada traicioneramente por personajes mediocres y francamente fascistas rojos (como caracterizaba Wilhelm Reich a los estalinistas) como una intención de pactar con el enemigo. De rendirse ante él, de besuquearlo, olvidando la sabia consigna de tenerlos cerca, pero nunca confiar en ellos.

La soledad multitudinaria de don Andrés, el fanatismo con el que sus seguidores lo aclaman, o lo desprecian, podría presagiar para México una tragedia terrible, similar a la ocurrida en Brasil, donde Lula despertó tan descomunales expectativas y esperanza de la gente humilde, que no había práctica política y administrativa suficiente para colmarlas. Los mismos que lo adoraban como a un Dios terminaron votando por su antítesis.

¿Luego de López Obrador y sus tácticas fallidas para la pacificación del país, nos espera un Bolsonaro mexicano? ¿Un Gustavo de Hoyos? ¿Un Claudio X. González? ¿Un Marko Cortés?

Está muy a tiempo don Andrés de imponer la paz en el país mediante la legalización de las drogas. De someter al imperio de la ley a quienes nos saquearon y a sus voceros y cómplices mediáticos. De aplicar el inmenso poder que le dieron las urnas para desenmascarar a los oportunistas que navegan con bandera morenista mientras traicionan a México. Actuar como lo habrían hecho Juárez, Villa o Zapata. Inspirarse en la tibieza de Madero lleva inexorablemente a Victoriano Huerta. Bueno, si de veras quiere una Cuarta Transformación y no simplemente andar pateando el avispero.

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