martes, noviembre 29

La contramarcha y el ego presidencial. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

Lo que menos necesita un país tan polarizado es que, desde el poder, se fomente el pugilismo político
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Lo que menos necesita un país tan polarizado es que, desde el poder, se fomente el pugilismo político

No le basta a don Andrés que las encuestas de opinión lo ubiquen como un mandatario razonablemente popular. No sabemos si por inseguridad personal o por un ego exacerbado, él tiene que ilustrar en fotografías panorámicas ese respaldo mayoritario indiscutible, sin importar que, para ello, tenga que movilizar a miles y miles de personas como si fueran ganado.

¿Qué necesidad?, o más bien qué necedad si, con marcha de la revancha o sin ella, de cualquier modo su capricho de eliminar 32 organismos electorales locales de un plumazo, entre otras medidas para reconvertir, a modo, al INE, no van a prosperar, simple y llanamente porque muchos legisladores priistas ya se cansaron de que el dirigente de su partido los use como escudo de impunidad, y no porque AMLITO haya tomado repentina e inverosímil “conciencia ciudadana”.

Hay, a mi modesto entender, dos clases de políticos “revolucionarios”: una, la que usa el lenguaje corporal y los insultos para intimidar a sus probables adversarios. Dependiendo de la musculatura y capacidad gritona, logran imponer su ley sin derramar una sola gota de sangre de la nariz de sus enemigos políticos, pero en ocasiones, pueden recurrir al extremo contrario, el del exterminio. No tienen la prestancia necesaria para, simplemente, aplicar con rigor la ley.

La segunda clase es minoritaria y casi inexistente. Son los muy bragados que no ceden un milímetro en su obligación de imponer el Estado de Derecho y se van a los golpes judiciales, con su consecuente irrupción mediática, tan pronto como ven una injusticia, un abuso, una humillación. Responden de inmediato usando todos los recursos a su alcance para desfacer entuertos sin reparar mucho en los riesgos y las consecuencias.

Echeverría, por ejemplo, era un pendenciero que se la vivía con discursos “de avanzada” pero no movía un dedo para lograr, en la práctica, la justicia canturreada en su demagogia verbal hemorrágica, diarreica. El general Lázaro Cárdenas, por el contrario, era un hombre de acción, que usaba, y muy bien, las palabras, solo para explicar la contundencia de sus acciones, no como pretexto para no actuar.

Los insultos que prodiga a diario el mandatario mexicano actual, su abuso de poder para humillar a periodistas y a sus medios al amparo del poderoso aparato que lo arropa, son el parapeto, cada vez más compulsivo y evidente, que encubre su intención inamovible de no tocar los intereses concretos de aquéllos a los que maldice en el nivel meramente discursivo.

Es una forma muy hábil, desarrollada en décadas de “lucha social”, para simular que se actúa con firmeza contra los depredadores y corruptos, sin tocarles jamás un pelo, salvo en casos excepcionales que lo irritaron en lo personal, como el de Rosario Robles.

Es la puesta en escena cotidiana de una farándula “justiciera” sin asideros en la realidad y que solo existe en las fantasías del presidente y sus más fanáticos seguidores que se tragan, completita, la pantomima de una “transformación” gatopardista.

Y con ello no quiero decir -de ninguna manera- que yo marcharía con Fox y Calderón en favor de Lorenzo Córdova y Ciro Murayama. La disyuntiva entre los saqueadores y los obradoristas que rinden culto a una personalidad cada vez más deteriorada, es también falsa.

La verdadera oposición patriótica surgirá de las propias filas de un morenismo auténticamente nacionalista y revolucionario, encabezado por algún personaje que no ande haciendo desfiguros como Ricardo Monreal, y que tome el toro por los cuernos sin mayores aspavientos.

Mientras sale a la palestra ese personaje hipotético que solo ve la luz muy de vez en cuando en este reino de la simulación que es México, tendremos que seguir observando cómo se agarran del chongo, pero sin lastimarse, aparentes adversarios que, para los intereses verdaderos de la patria son, desgraciadamente, una y la misma cosa: orgánicos, simbióticos, pri-mor-osos.

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