Brinca Carolina Monroy del PRI de sus amores, a Somos México. AL GRANO. Por Jesús López

Sus credenciales, como de costumbre, se relacionan más con su linaje que con su capacidad
La trayectoria de Carolina Monroy del Mazo no es la historia de una figura que haya irrumpido por talento, visión o capacidad excepcionales. Es, más bien, la confirmación meticulosa de cómo en ciertos círculos del poder mexicano el mérito puede ser sustituido —sin mayor escándalo— por el pedigrí.
Su carrera pública avanza con la precisión de quien nunca tuvo que abrirse paso: alcaldesa de Metepec, diputada federal, secretaria general del PRI. Cargos relevantes, sí, pero en ninguno de ellos dejó una huella que obligue a detenerse, a analizar, a reconocer algo más que cumplimiento burocrático. No hay una reforma emblemática, una postura disruptiva, una batalla política que la defina. Hay, en cambio, una constante: la estabilidad que otorga pertenecer al linaje correcto.
Y es que su apellido no es un dato menor. Es una credencial. Ser parte del entramado familiar y político que conecta con figuras como Enrique Peña Nieto y los Alfredo del Mazo no solo abre puertas: elimina la necesidad de tocarlas. En ese universo, la competencia no es abierta, es administrada; el ascenso no es conquistado, es facilitado.
Monroy encarna así una forma particularmente funcional de mediocridad: la que no incomoda, la que no arriesga, la que no desentona. Una mediocridad disciplinada, que cumple con el guion sin desviarse, que evita el error estridente pero también el acierto memorable. En un sistema político donde destacar puede ser peligroso y cuestionar resulta inconveniente, ese perfil no solo sobrevive: prospera.
Su paso por la dirigencia del PRI, por ejemplo, coincidió con uno de los momentos más críticos del partido. Sin embargo, lejos de representar un punto de inflexión o una renovación real, su liderazgo se diluyó en la inercia. No hubo autocrítica, pero tampoco reconstrucción. Fue, en el mejor de los casos, administración de la decadencia.
Así, más que una protagonista de grandes decisiones, Carolina Monroy del Mazo aparece como producto acabado de una lógica política donde los apellidos pesan más que los resultados y donde la continuidad de las élites se disfraza de experiencia. Su carrera no escandaliza por lo que hizo mal, sino por lo que nunca hizo suficientemente bien… y, aun así, le bastó.
Mal empieza una organización como Somos México, de Guadalupe Acosta Naranjo —que ni siquiera alcanza en este momento el rango de Partido Político—, al adoptar un cuadro tan típico del legendario Grupo Atlacomulco, porque solo trae en la mochila vestigios del neoliberalismo salvaje y, en relación con su primo Alfredo del Mazo Maza, de bien documentada traición.





