martes, agosto 18

Desconoce Daniel Serrano liderazgo político de Sheinbaum. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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El alcalde y líder de la tribu de “Los Puros” enfatiza que aquí la que manda es Delfina Gómez

En su conferencia de los lunes, el presidente municipal de Cuautitlán Izcalli, Daniel Serrano Palacios, hizo una definición política que, lejos de ser una simple cortesía hacia la gobernadora, puede leerse como un desconocimiento del liderazgo político nacional de Claudia Sheinbaum.

Serrano expresó que, si decidiera repetir como alcalde en los comicios del próximo año, acudiría directamente con la gobernadora para buscar su postulación, según un resumen publicado por Plana Mayor.

Para cualquier observador, una declaración semejante podría parecer de lo más natural. Después de todo, Delfina Gómez es la gobernadora y Serrano, el alcalde de uno de los municipios importantes de la entidad. Pero en el Estado de México, donde se libra una competencia cada vez más evidente dentro del mismo grupo político hegemónico —el Grupo Texcoco, heredero funcional del viejo Atlacomulco—, las definiciones de los aspirantes sobre si se alinean con la gobernadora o con la presidenta tienen un significado que rebasa con mucho las trivialidades sobre si los gobernantes son líderes naturales de sus partidos o deben mantenerse al margen de las actividades partidistas.

Aquí la cuestión es otra. Es una disputa por el poder.

Al hacer explícito ese dilema —“con la gobernadora o con la presidenta”—, Daniel Serrano parece inscribir a su tribu de “Los Puros” en la facción del Grupo Texcoco encabezada por Horacio Duarte, aspirante confeso de ese bloque para la elección gubernamental de 2029, cuya verdadera antesala serán los comicios del próximo año.

La otra gran confederación de tribus, aglutinada en “Mexiquenses de Corazón”, está encabezada por el senador Higinio Martínez, quien envía señales constantes a la gobernadora en busca de ser tomado en cuenta, al tiempo que finca su liderazgo en la cercanía política con la Presidenta y en su amplísima experiencia como el más destacado dirigente de la izquierda mexiquense.

Pero Delfina parece estar definitivamente alineada con el obradorismo duro, no sólo por ser hechura política directa de Andrés Manuel López Obrador, sino porque su trayectoria está mucho más vinculada al expresidente que al proyecto de Sheinbaum.

Y ése es precisamente el sector que, desde distintas trincheras, parece empeñado en hacerle tragar sapos a la presidenta.

Trump y los nuevos límites

Para nadie es un secreto que la mandataria nacional enfrenta una presión extraordinaria por parte del gobierno de Donald Trump en materia de narcotráfico, seguridad y posibles vínculos entre el crimen organizado y la política.

Washington ha elevado el nivel de escrutinio sobre los cárteles mexicanos y sobre quienes pudieran haberlos protegido, financiado o utilizado desde posiciones de poder. Una presión que coloca a Sheinbaum ante un dilema particularmente incómodo: combatir las redes criminales sin importar qué personajes políticos puedan resultar alcanzados por las investigaciones.

El problema es que los llamados “narcopolíticos” no son una creación de la 4T. Son producto de una larga historia de complicidades entre grupos criminales y sectores de los partidos que han gobernado México. Pero también resulta imposible ignorar que durante el gobierno de López Obrador los cárteles mexicanos ampliaron considerablemente su presencia territorial y su capacidad de operación nacional e internacional.

Por eso, las elecciones que vienen tendrán un ingrediente adicional: el escrutinio sobre quién puede ser candidato sin convertirse en un problema para el gobierno mexicano frente a Estados Unidos.

El Grupo Texcoco, mientras tanto, está partido en dos.

Y no parece haber poder humano capaz de reconciliarlo mientras cada facción calcula sus posibilidades para 2027 y, sobre todo, para 2029.

Porque a la disputa interna se suma ahora una presión externa que puede alterar las reglas del juego. Sheinbaum ha insistido en que Morena debe evitar candidaturas con antecedentes dudosos. Y esa instrucción que Ariadna Montiel está decidida a seguir al pie de la letra, de cumplirse, podría convertirse en un obstáculo para más de uno de los aspirantes que hoy se sienten seguros bajo el paraguas de alguna tribu.

Por eso la pregunta resulta inevitable:

¿Alguien todavía puede creer que un aspirante con relaciones políticamente comprometedoras —por ejemplo, alrededor del huachicol fiscal— tendrá asegurada una candidatura para gobernar el Estado de México sólo porque cuenta con el respaldo de la gobernadora?

La respuesta debería ser evidente.

Por mucho que Delfina Gómez tenga a determinados personajes ocupando posiciones de enorme relevancia dentro de su administración, ningún cargo estatal debería funcionar como blindaje frente a investigaciones o señalamientos nacionales e internacionales, como ha venido ocurriendo últimamente con el destape de escándalos de corrupción en plazas magisteriales, extorsión a verificentros, uso del SNTE como operador electoral, e incluso acusaciones y exoneraciones fast track para el segundo de a bordo de la Secretaría General de Gobierno, al mando de Horacio Duarte.

La definición de Serrano

Así las cosas, las aparentemente inocentes declaraciones de Daniel Serrano, en el sentido de buscar la reelección con el visto bueno de Delfina Gómez y no de Claudia Sheinbaum, adquieren su verdadera dimensión política.

No es simplemente una deferencia hacia la gobernadora.

Es una definición de alineamiento.

Serrano está diciendo, en los hechos, con quién pretende jugarse su futuro político en el Estado de México.

Y esa definición lo coloca junto al obradorismo duro, junto a quienes siguen teniendo como referencia política fundamental a Andrés Manuel López Obrador, “el licenciado”, como Serrano suele llamar con devoción al Tlatoani de Palenque.

De modo que la pregunta ya no es quién manda en Cuautitlán Izcalli.

La pregunta es mucho más incómoda:

¿A quién reconoce Daniel Serrano como su verdadero jefe político?

Por lo que acaba de decir, la respuesta parece bastante clara: al obradorismo duro, el que camina, hoy más que nunca, en el resbaladizo terreno de la sospecha.

Claudia Sheinbaum tendrá que tomar nota.

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