El amenazante discurso de Trump en la ONU. LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

¿Una inminente intervención directa en México? Sheinbaum prefiere centrarse en la parte positiva
Donald Trump acaba de colocar a México en el centro de su estrategia hemisférica contra los cárteles: ante la ONU lo definió como “el epicentro” de la violencia criminal, sostuvo que el gobierno mexicano debe recuperar el control territorial y, acto seguido, la Casa Blanca advirtió que, si México no actúa, Washington tendrá que hacerlo.
Pero el asunto adquiere otra dimensión cuando se observa la segunda pieza: Trump ya no está hablando solamente de México. Está construyendo un frente regional. Catorce países se incorporaron al llamado Escudo de las Américas, que contempla coordinación contra organizaciones criminales, congelamiento de activos, restricciones migratorias y responsabilidad penal para quienes les proporcionen apoyo material. Y Trump advirtió, además, que dispone de un “poderío militar sin igual” frente a las amenazas que afecten los intereses estadounidenses.
Ése es el dato que no debería perderse entre las incendiarias declaraciones.
Porque hoy, en su Mañanera, Claudia Sheinbaum prefirió destacar la otra mitad del discurso de Trump: aquella en la que el presidente estadunidense dijo que existe una “muy buena relación” con el gobierno mexicano y reconoció avances en la cooperación bilateral. La presidenta incluso respondió que también podría hablar de las dificultades de compartir una frontera tan grande con Estados Unidos —su alto consumo de drogas y la producción de armas—, pero que no lo haría porque “tenemos buena relación”.
Tiene razón en una cosa: Trump efectivamente reconoció esa cooperación. El problema es que la misma frase que contiene el elogio contiene también la advertencia.
Washington puede cooperar con México y, simultáneamente, elevar el costo de esa cooperación hasta convertirla en una exigencia. De hecho, eso parece estar ocurriendo. El mensaje estadounidense ya no se limita a pedir resultados contra el narcotráfico: habla de control territorial, de funcionarios vinculados con los cárteles y de la posibilidad de que Estados Unidos actúe si considera que México no hace lo suficiente. La propia “zar antinarcóticos” de la Casa Blanca, Sara Carter, dijo que Washington buscará hacer rendir cuentas a políticos que trabajen con organizaciones criminales, sean mexicanos o estadunidenses.
Y aquí aparece una pieza que no es menor: Omar García Harfuch.
En agosto, el director de la DEA, Terry Cole, calificó al secretario mexicano de Seguridad como un “socio confiable” y “buen amigo” de Estados Unidos, además de elogiar su cooperación con las agencias estadunidenses. El encuentro ocurrió en Buenos Aires, precisamente en un foro internacional de la DEA.
Visto junto con lo ocurrido esta semana, el elogio deja de parecer un episodio aislado. Harfuch representa justamente el tipo de cooperación operativa que Washington está reclamando: intercambio de información, operaciones coordinadas y combate directo a las organizaciones criminales.
Por eso resulta insuficiente leer el discurso de Trump únicamente como una amenaza de invasión o, en el extremo contrario, como simple retórica trumpista. Lo que existe objetivamente es una escalada de presión que abre la puerta a una participación estadunidense más directa en la seguridad regional. Que esa participación termine siendo militar, policial, de inteligencia, financiera o de otro tipo es todavía una cuestión abierta.
La palabra incómoda es intervención.
Sheinbaum hace bien en defender la soberanía nacional y en subrayar que existe cooperación con Washington. Pero sería un error confundir cooperación con garantía de no intervención. El propio Trump está diciendo algo mucho más inquietante: mientras la relación sea buena, habrá cooperación; si Estados Unidos concluye que los cárteles amenazan directamente su seguridad, se reserva el derecho de actuar.
Y el Escudo de las Américas sugiere que esa posibilidad ya no se está discutiendo únicamente entre Washington y Palacio Nacional. Se está construyendo un entramado regional para combatir al crimen organizado bajo el liderazgo estadunidense.
La intervención, por tanto, no puede darse por consumada ni puede afirmarse responsablemente que sea inevitable. Pero tampoco parece sensato seguir tratándola como una fantasía. Lo que antes era una hipótesis ahora forma parte explícita del lenguaje de la Casa Blanca y de la arquitectura de seguridad que Trump está impulsando en el hemisferio.
La pregunta ya no es solamente si México mantiene una “buena relación” con Estados Unidos.
La pregunta verdaderamente incómoda es hasta dónde llegará Washington si decide que esa buena relación no es suficiente.





