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Andrés Manuel López Obrador

El Monrealismo, ¿fase superior del obradorismo? LA VERSIÓN NO OFICIAL. Por Jesús López

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Ricardo Monreal se dice dispuesto a modificar las iniciativas presidenciales, ¿la 5té?

Ricardo Monreal es el único de los presidenciables de Morena que no está supeditado al Ejecutivo. Eso le confiere una ventaja decisiva respecto de Marcelo Ebrard, por ejemplo, quien -como Toledo o cualquiera otro de los ex secretarios renunciados- puede ser removido a la primera señal que contravenga la voluntad presidencial. Adicionalmente, Monreal ya probó las mieles de obtener compensaciones si se rebela ante una decisión de AMLO.

Claudia Sheinbaum se cuece aparte. Desde su puesto, ella también gozaría de autonomía respecto de don Andrés y tiene el talento para construirse una imagen propia de presidenciable, pero su devoción extrema hacia López Obrador, la limita en forma terminal, porque está condenada en definitiva a compartir las culpas de los ineludibles hierros que puede asumir el Presidente, pero no su candidata para sucederlo.

Si Claudia fuera realmente la elegida, y si el mandatario estuviera asesorado por buenos estrategas de comunicación, de ningún modo la andaría exhibiendo a su lado y levantándole la mano, porque ello atrae, en forma peligrosamente anticipada, los reflectores de la destrucción, máxime con el asunto irresuelto de la tragedia de la Línea 12.

A estas alturas y viendo la forma humillante en que se desplazó a Olga Sánchez, queda muy claro que don Andrés piensa lanzar, desde la Secretaría de Gobernación, a la vieja usanza, a su clon Adán Augusto López, único secretario en el que parece confiar plenamente.

Así que Monreal tendrá que irse por la libre, y la forma idónea es negociando civilizadamente con la oposición honrada, no con la corrupta, los votos necesarios para imponer las 3 reformas pendientes de don Andrés (energética, es decir, eléctrica más litio; electoral; y la de militarización definitiva de la Guardia Nacional), pero con las modificaciones que le ganen al hábil legislador la simpatía de amplios sectores de la población: morenistas críticos, opositores leales, indecisos, apartidistas y toda la gente que le puedan acarrear sus amigos senadores y gobernadores.

Es previsible que don Andrés, un auténtico gigante de la política mexicana, que logró arrebatarle el poder a los corruptos saqueadores y genocidas, no podrá salir muy bien librado de los enormes retos que enfrenta, sobre todo en el campo de la inseguridad y el de la desigualdad social, porque ello solo se logra con unidad nacional plena, y el país, lamentablemente, está muy polarizado.

Los esfuerzos por ahorrar dinero, con base en la austeridad franciscana, le han permitido a don Andrés una relativa estabilidad económica que le ha tapado la boca a quienes, malévolamente, presagiaban el desastre. Pero la lucha verdadera contra la corrupción, tan cacareada en la 4té, ha dejado mucho que desear. La impunidad casi del cien por ciento sigue dominando un panorama nacional donde los miles de delincuentes de cuello blanco siguen en libertad, mientras, contra lo prometido, se castiga solo a unos cuantos chivos expiatorios, como Rosario Robles, y las escaleras no se han barrido, ni “de arriba para abajo”, como se prometió, ni de ninguna otra forma, salvo en materia de ahorro del gasto público.

Uno de los programas estelares del Presidente, el de la pensión universal de adultos mayores, lleva precisamente en su carácter de “universal” el germen de su fracaso, porque una cantidad de dinero muy limitada como para pensar que servirá para darle independencia económica real a los ancianos, se reparte igual a pobres que a ricos y clases medias, cuando debería estar destinado exclusivamente a los pobres y en cantidades mucho más significativas, como reza una de las consignas más apreciadas de la 4té: “Primero los pobres”.

Se ha dicho hasta el cansancio que la paz es fruto de la justicia y que la inseguridad debe ser atacada en sus causas, lo cual es absolutamente cierto, pero de ahí se pasa a la idea de pacificar al país creando una Guardia Nacional militarizada hasta el cogote, pero abocada a los abrazos.

Toda esta revoltura de conceptos con tintes francamente contradictorios, al mismo tiempo que evangelizadores o mesiánicos, no ha dado buenos resultados, porque no hay justicia en el país, la inseguridad sigue enseñoreada en todo el territorio e incluso exacerbada en algunos focos rojos a punto de estallar, y los balazos desbaratan los abrazos por todas partes.

La justicia, para que dé el fruto de la paz, no puede provenir de otra parte que abatiendo drásticamente la desigualdad social y saneando la corrupción en todos los niveles, tanto en el aparato judicial, como en las burocracias pública y privada.

Y la desigualdad social no se abate con limosnas. Eso piensan los ricos. Creen que pueden calmar sus sucias conciencias, repartiendo entre los pobres dinero que les sobra de ahorrar unos centavos aquí y allá. Ése es justamente el mecanismo que los conservadores usan para simular que son justicieros sociales. Un Gobierno de izquierda, como el que encabeza nuestro Presidente, debería aplicar altísimos impuestos proporcionales a las ganancias.

Paradójicamente, don Andrés está empecinado en no aumentar los impuestos, cuando ésa es la fórmula que están pensando seriamente aplicar incluso en las naciones desarrolladas como la única estrategia posible para paliar la desigualdad social y, por lo tanto, las hambrunas y genocidio por enfermedades curables, así como la migración desenfrenada en el mundo entero. ¡Hasta Biden simpatiza con esa elementalmente lógica medida!

¿Por qué no don Andrés que encabeza un gobierno de izquierda en uno de los países más desiguales del mundo, donde los contrastes entre pobreza alimentaria y riqueza extrema son catastróficos?

Hasta el periodista neoliberal, crítico acérrimo de la 4té, Raymundo Riva Palacio, acusado de chayotero y de haber contribuido a la hegemonía del gobierno peñista, coincide en la ingente necesidad de aplicar impuestos drásticos a los ricos.

Un país de verdadera justicia social no cobraría impuestos a quienes ganen menos de un millón de pesos al año. En el otro extremo del espectro tributario, cobraría hasta el 80% de impuesto a los y las que ganen más de mil millones de pesos al año. Entonces sí veríamos una economía boyante donde todo el mundo gane buenos sueldos y el mercado esté rebosante de actividad productiva.

Ésas y muchísimas otras objeciones podrían hacérsele a don Andrés, un buen hombre que logró la hazaña de desplazar del poder, por la vía pacífica, a los ladrones que nos saquearon durante décadas, con una camarilla de políticos corruptos, aliados con criminales (narcotraficantes y delincuentes de cuello blanco) a quienes el presidente denuncia a diario en los pormenores de sus atrocidades, labor importantísima de concientización social. Pero hasta ahí.

Ha llegado la hora de que alguien (y al parecer ese alguien podría ser Monreal) tome el toro por los cuernos y clarifique de una vez por todas que los corruptos (de derecha, centro o izquierda) deben estar en la cárcel y los opositores leales a sus doctrinas económicas y sociales, por mucho que sean conservadoras, deben ser tratados con respeto desde la investidura presidencial.

Porque identificar a los corruptos con los neoliberales, solo polariza al país al que deseamos pacificar. Hay ladrones y traidores -y muchos- también en Morena, donde se colaron desde las filas de la corrupción neoliberal (ciertamente monstruosa). El neoliberalismo salvaje prohijó la corrupción a gran escala, pero ello no significa -insisto- que todos los neoliberales sean corruptos.

Monreal parece estar preparado para negociar con las fuerzas políticas opositoras las modificaciones adecuadas a la propuesta presidencial y no necesariamente esas modificaciones se cargarían a la derecha, como piensan los fanáticos de don Andrés quien, al parecer, usó el asunto del litio como gancho para aprobar una reforma eléctrica que parece tener algunas deficiencias regresivas.

Honrando la tradición cardenista que tanto se evoca, el litio debería ser nacionalizado a plenitud, es decir, expropiando las instalaciones de Bacanora Lithium, empresa extranjera a la que Peña y sus secuaces regalaron uno de los yacimientos -de ese mineral estratégico- más grandes del mundo.

A don Andrés no le gustan los pleitos y por eso ha decidido perdonar a los expresidentes corruptos. Y a los propietarios de los penales mal habidos con recursos públicos les seguirá pagando 14 mil millones de pesos al año, pero eso sí, muy contento porque nos ahorramos el 15% en la “exitosa negociación”.

Quizá Monreal, para rebasar al propio presidente por la izquierda, asuma el riesgo de enderezar el barco hacia una auténtica (es decir, no simplemente retórica) transformación nacional. ¿La 5té?, donde se respete a los periodistas y opositores, sin arrojarnos a todos en el mismo cajón de desprecio desde el poder.

Es mil veces preferible una opción de ese tipo que la regresión autoritaria tipo Bolsonaro que acecha a nuestra incipiente democracia.

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