Los hermanos Batres y la desgracia del ISSSTE. LA VERSION NO OFICIAL. Por Jesús López Segura

Trabajadores del ISSSTE son despedidos por alzar la voz ante la quiebra total del Instituto
En el ISSSTE no hace falta auditoría externa: basta con revisar el árbol genealógico. Porque mientras los trabajadores denuncian que el instituto se cae a pedazos por dentro, desde arriba parece operar una peculiar empresa familiar donde las decisiones —casualmente— siempre encuentran el camino para beneficiar al mismo apellido.
Por un lado, el director Martí Batres Guadarrama es acusado por su propia base sindical de practicar eso que en el discurso oficial llaman “transformación”, pero en versión espejo: exclusión, simulación y cerrazón. Los trabajadores no hablan de teorías, hablan de hospitales sin insumos, de plantillas reventadas, de despidos por alzar la voz. Es decir, la salud pública convertida en paciente crítico mientras la administración presume estabilidad desde el escritorio.
Y por el otro lado, en las alturas de la justicia, aparece su hermana, la ministra Lenia Batres Guadarrama, quien con admirable determinación —y nula incomodidad por el evidente conflicto de interés— empuja un amparo que le evita al ISSSTE pagar más de 5 mil millones de pesos. Todo sea por “proteger las finanzas” de un instituto que, según la propia narrativa del proyecto, está al borde de la quiebra… aunque esa quiebra conviva, sin rubor, con decisiones familiares oportunas.
La escena raya en lo pedagógico: abajo, trabajadores marchando para exigir medicinas, derechos laborales y algo tan exótico como diálogo; arriba, resoluciones judiciales que alivian la presión financiera del mismo organismo… sin que la ministra Lenia Batres considere necesario apartarse por decoro básico.
El mensaje es demoledor. No es solo que el sistema de salud “colapse”, como advierten los propios trabajadores; es que además se administra con una lógica donde el poder se concentra, se protege y, si es posible, se exonera en familia. Porque mientras los derechohabientes hacen fila para ver si hay medicamentos, en los pasillos del poder parece haber suficiente para recetar amparos a la medida.
Al final, la desgracia no es solo institucional, sino simbólica: el ISSSTE, que debería ser garante de seguridad social, termina convertido en ejemplo de cómo dos ventanillas —la administrativa y la judicial— pueden alinearse peligrosamente cuando comparten algo más que diagnóstico… comparten apellido.





