jueves, marzo 5

Horacio Duarte difunde rumores sobre Delfina Gómez. AL GRANO. Por Jesús López Segura

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Hay quienes la menosprecian “y todavía le regatean en público o en privado su capacidad”

Dice Horacio Duarte, secretario general de Gobierno del Estado de México, que la personalidad de la gobernadora Delfina Gómez Álvarez “nos concita a trabajar en equipo”. Según él, se trata de una mandataria poco inclinada al protagonismo personal, una mujer que —afirma— “prefiere que cada funcionario actúe dentro de su ámbito de responsabilidad”.

Hasta ahí, la explicación suena casi edificante. El problema comienza cuando, en el afán de defender (o envenenar) a su jefa, Duarte introduce una figura retórica muy peculiar: los misteriosos detractores.

Porque, según el propio secretario, “hay quienes todavía la menosprecian” y “todavía le regatean en público o en privado su capacidad”.

Lo curioso es que Duarte nunca dice quiénes son. Ni nombres, ni cargos, ni grupos políticos. Nada.

La escena es reveladora: el funcionario que debería operar como la mano derecha de la mandataria se presenta en un medio de comunicación —al que, por cierto, acude con notable frecuencia mientras va perfilándose como aspirante a la gubernatura— para advertir que existen rumores que cuestionan a Delfina Gómez.

Rumores cuya única fuente visible… es él mismo.

Porque, hasta ahora, al único que se le ha escuchado decir públicamente que hay quienes dudan de la capacidad de la maestra —e incluso que se ha hablado de una eventual salida anticipada— es precisamente a Horacio Duarte.

Un extraño servicio político, por decir lo menos.

Para reforzar su defensa, el secretario recita el currículum de la gobernadora: presidenta municipal, diputada federal, senadora, delegada del Bienestar, secretaria de Educación y finalmente gobernadora del Estado de México. Una trayectoria que, según Duarte, debería bastar para que quienes la subestiman “ya le concedan una”.

Pero la pregunta permanece intacta: ¿quiénes son esos supuestos conspiradores?

Si realmente existen, el secretario general de Gobierno —que presume encabezar numerosos órganos de decisión— debería saberlo mejor que nadie. Y si lo sabe, lo mínimo que podría hacer es desenmascararlos públicamente, o tener la gentileza de quedarse callado, o mejor aún, difundir con entusiasmo solidario que Delfina Gómez goza de un alto grado de aprobación ciudadana y se ubica entre las y los gobernadores más apreciados del país.

En cambio, la entrevista se desliza hacia otro terreno igual de interesante. El entrevistador, con tono reverencial, le suelta una etiqueta que en la política mexicana suele ser más reveladora que cualquier organigrama:

“Hay quienes te consideran el vicegobernador, el hombre fuerte”.

Duarte responde con una falsísima modestia, cuidadosamente administrada:

—“No me gusta andarlo presumiendo, pero tengo que encabezar muchos órganos… me toca ejercer muchas funciones… solo soy el secretario general de Gobierno… trato de no creérmela tanto para que no se extrañe cuando ya no sea”.

Una respuesta que intenta sonar humilde, aunque en realidad confirma lo evidente: el poder, cuando se ejerce cerca del trono, siempre produce un curioso equilibrio entre negación y exhibición.

El propio Duarte reflexiona sobre ello con una frase que parece involuntariamente autobiográfica: “El poder es una cosa rara. Transforma personas. Si no estamos bien asentados, nos la creemos…”

Mientras tanto, los presuntos críticos de la gobernadora —esos que nadie ha visto ni escuchado— son definidos por el entrevistador como racistas, clasistas y machistas. Una caracterización severa para adversarios que permanecen en la cómoda categoría de los fantasmas.

Duarte, por su parte, cierra filas con una declaración de lealtad:

“Jamás haré ningún acto que atente contra la dignidad de la maestra… Me debo a la gobernadora. Si algún día me tengo que ir, que sea por la gobernadora”.

Y remata con una frase que intenta zanjar cualquier sospecha:

“Ella es la que toma las decisiones. No tengo por qué estar explicando todos los días si las toma o no las toma. Luego a veces me endilgan que yo me fui a meter a un lugar u otro… y pues sólo sigo instrucciones”.

Tal vez.

Pero en política —como en la medicina— a veces el remedio termina siendo más inquietante que la enfermedad. Y cada vez que Horacio Duarte sale a defender a la gobernadora recordando que hay quienes dudan de ella, lo único que consigue es algo bastante paradójico:

Instalar el rumor que dice querer combatir.

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