
Encabeza, en el Estado de México, los esfuerzos claudistas de limpieza del obradorismo salvaje
En la liturgia siempre tersa de la unidad morenista, el senador Higinio Martínez decidió introducir una nota discordante: una advertencia con destinatario claro, aunque envuelta en el celofán de las “manos fraternas”. Desde el Salón Rojo del Club Toluca, y ante una feligresía de miles, el líder de la poderosa corriente Mexiquenses de Corazón dejó algo más que buenos deseos rumbo a 2027. Lo que en apariencia fue un llamado a la concordia, en realidad sonó a recordatorio incómodo: las candidaturas no son moneda de cambio ni botín de escritorio, sino territorios donde —asegura— su grupo tiene con qué ganar.
El mensaje subió de volumen cuando se expresó sin rodeos: “no queremos candidaturas para perder”. Es decir, no están dispuestos a que desde las alturas del poder estatal —léase la oficina de Delfina Gómez o los pasillos donde opera Horacio Duarte— se repartan posiciones ignorando encuestas, méritos o equilibrios internos. Porque si algo quedó claro es que, para Higinio, el respeto a “los espacios que ya tenemos” no es sugerencia: es exigencia.

La cortesía, sin embargo, habla de madurez política: Hubo ofrecimiento de experiencia, de ideas, incluso de esas “dos manos fraternas” que, según recordó con una nostalgia nada inocente, fueron útiles desde Texcoco hasta la conquista de la gubernatura. Pero el subtexto fue otro: esas manos no están para aplaudir, sino para decidir. Y si se quedan en el aire, alguien tendrá que explicar por qué.
El senador también jugó la carta institucional: sí a las encuestas, pero verificables y transparentes —advertencia anticipada contra cualquier “cuchareo”—. Y sí a la reelección… siempre y cuando se haya cumplido. Es decir, respaldo condicionado, no cheque en blanco.
El coro de “gobernador, gobernador” fue contenido con modestia de ocasión, aunque dejó una duda legítima: si no era ese el objetivo, ¿por qué sonó tanto a ensayo general?

Al final, Higinio Martínez no negó la inquietud que su reunión genera en otras corrientes —incluida la que orbita en torno a Duarte, desde luego, pero también otras como la de los autodenominados “puros”, tan selectivos en sus filias como indulgentes en sus contradicciones—, pero la despachó con una pregunta que en realidad es un aviso: “¿quién nos puede impedir reunirnos?”. Traducción: aquí estamos, contamos, y más vale que nos tomen en cuenta, lo que significa, por ejemplo, que, en Cuautitlán Izcalli, Alejandra del Moral podría cerrar el paso a la reelección de Daniel Serrano, por mucho que este joven alcalde crea tener a Delfina Gómez en un puño, al tiempo que financia, con el otro, golpes mediáticos conta el senador.
Morena en el Estado de México afina su orquesta rumbo a 2027. Pero detrás de la partitura oficial de unidad, cada corriente —a la vieja usanza del perredismo tribal— ya marca su propio ritmo. Y el de Mexiquenses de Corazón suena menos a acompañamiento… y más a advertencia.

Ahora bien, ¿por qué es tan determinante esta corriente?
Porque la disputa no es abstracta, ni lejana. Tiene hechos concretos. Por ejemplo: la decisión de Delfina Gómez de remover al director del ISSEMyM tras las denuncias del excontralor Victorino Barrios. Un movimiento que no es menor. Puede leerse como un intento de desmarcarse de prácticas heredadas del obradorismo más opaco y de alinearse con la narrativa de corrección que impulsa Claudia Sheinbaum.
Ese tipo de decisiones son las que están reconfigurando el tablero interno. Porque obligan a definiciones: o se corrigen excesos, o se administran. Y en esa disyuntiva es donde crece la figura de Higinio Martínez.
Quien ignore la disputa —abierta, aunque cuidadosamente dosificada— entre Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador por el control político del país, no entenderá lo que está en juego en 2027. Esa tensión, en territorio mexiquense, se expresa con claridad: Higinio frente a Horacio Duarte.

Hasta hace poco, Duarte llevaba ventaja. Pero el desgaste de figuras del obradorismo duro y el regreso triunfal de Higinio en el escenario federal han equilibrado la balanza.
De un lado, el senador apuesta por introducir autocrítica frente a excesos evidentes —decisiones opacas, tolerancia a prácticas cuestionables— como forma de evitar un voto de castigo. Del otro, Duarte y los suyos insisten en el cierre de filas en torno a la mítica presunción de ser infalibles, incluso si eso implica descalificar toda crítica como traición.





